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Una silueta desgarbada se encaminó al pequeño redondel. No era el pelirrojo Gerrard, capitán de capitanes; ni ese eléctrico Milan Baros que, como receptor de la falta, quizá tenía cierto derecho a reclamar el lanzamiento; ni el cañón de Riise ni, en fin, ese Carragher que personificó como nadie la travesía del desierto que todos creímos ver llegar a vía muerta en Estambul. No. El hombre que asumía quizá la mayor responsabilidad jamás concebida en uno de los clubes más laureados de Europa no había nacido a orillas del Mersey, pues vio la luz junto al Oria, en Tolosa; no era un veterano de mil batallas, pues escasos 23 años lo contemplaban;


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